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EL DESTINO DEL HOMBRE

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EL DESTINO DEL HOMBRE

Mensaje por Invitado el Miér Jun 19, 2013 9:40 pm

EL DESTINO DEL HOMBRE

Filosóficamente, el hombre, al reflexionar en su destino, ha concebido a Dios, primero, como de naturaleza idéntica a la del hombre y al de su hábitat.  También lo ha planteado como de naturaleza parecida, aunque superior al hombre. En una tercera fórmula ha concebido a Dios como absolutamente distinto del hombre.
La primera de estas concepciones corresponde a un sistema idealista monista en el cual Dios y las cosas del universo no son más que aspectos de una realidad única.
La segunda doctrina concibe a Dios como un ser superior, aunque análogo a los hombres, lo cual constituye un sistema metafísico que aceptaría la existencia en el universo de una perfección gradual, que tiene en su horizonte un modelo de  perfección total, con un encadenamiento de causalidad, que implica una Causa Primera, y una Causa Final, lo que da un sentido al destino del hombre y del universo. Dios, entonces, se identifica con esta Causa Primera y una Causa Final, así como también con esta Perfección Total.
En una tercera concepción de Dios, se le considera un ser completamente distinto del hombre o del universo, y superior a todo, del que no se tienen otras definiciones para describirlo, que no sean las que es distinto e insondable por el hombre.
Para Ferrater Mora, en oposición al Ateísmo y al Panteísmo, define el Deísmo, como un Dios único, causa del universo, sin tener mayor ingerencia posterior, pues su obra es de tal magnitud que se mantiene y se perfecciona con el impulso inicial.
El Teísmo postula la existencia de un Dios que está siempre presente en el perfeccionamiento de su obra. Todo acontecer en el universo está programado por ese  Dios, nada queda fuera de su alcance. Ferrater Mora precisa que el Teísmo se define como la creencia en un Dios personal, creador y rector del universo. El Teísmo se opone firmemente a cualquier intento de reducir la verdad revelada a una verdad conocida por medio de la razón común a todos los hombres, alejándose del pensamiento reflexivo y filosófico.
Kant fue quien precisó la diferencia y así, Deísta, sería quien piensa que Dios es la causa del universo en contraposición del Teísta que piensa que Dios es el creador y rector del universo.
Contrario al Deísmo, que reconoce un Dios como causa de la naturaleza, pero sin admitir revelación ni culto externo, se plantea filosóficamente, el Panteísmo como una concepción que sostiene que la totalidad del universo es el único Dios.
Esta cosmovisión y doctrina filosófica del Panteísmo afirma que el universo entero, la naturaleza y Dios son los mismos. O sea, que la existencia (todo lo que fue, es y será) puede ser representada a través de la noción filosófica de un Dios.  En un enfoque panteísta, cada ser que existe, es una manifestación de ese Dios, según sea un ser humano, un animal o un vegetal, u otra forma de existencia. El Panteísmo aparece, entonces, como el nexo que une a las religiones no creacionistas, además de aparecer en la esencia de los politeísmos.
En lo que respecta a la masonería, pensamos que está más cerca del Deísmo porque acepta la ponencia de una fórmula para Dios (G:.A:.D:.U:.), que no es particular de ninguna religión y que cada masón le asigna los atributos que su razón le señale y que puede satisfacer los legítimos intereses de sus posibles reflexiones y creencias. No obstante lo anterior, para finalizar, se hace conveniente profundizar en la doctrina del Panteísmo, a fin de auscultar, desde otra perspectiva, el destino del hombre, sin regirse por religión alguna.


EL DESTINO DEL HOMBRE SEGÚN LA RELIGIÓN

Toda religión es una cosmovisión, es decir, una apreciación de la vida y de la realidad, una concepción del hombre en relación con el universo, que, en este caso, corresponde a un orden determinado por la divinidad. Tiene su origen también, aunque desde ámbitos distintos, como en la especulación filosófica, en las solemnes interrogantes del hombre respecto de su lugar en el universo, y que se expresan en la trilogía fundamental de la incógnita humana: ¿qué somos, de donde venimos, para donde vamos? El ser humano ha hecho uso de las religiones para encontrar sentido a su existencia y para dar trascendencia y explicación al mundo, al universo y todo lo imaginable.
El destino ha entrado en la consideración de la mayoría de las religiones; hay algunas que sostienen que el destino es un plan diseñado por Dios que ningún ser humano podrá alterar o contradecir, en cambio otras como el Cristianismo desecha de alguna manera la concepción de predestinación absoluta y dice que Dios ha dotado a los hombres de libre albedrio por tanto pueden tomar sus propias decisiones no estando sujetos a los designios de un destino diseñado. Quien cree en esta fuerza o destino está convencido que nada de lo que le ocurre y ocurre a su alrededor sucede por obra del azar sino que todo tiene una causa predestinada y surgen de una fuerza desconocida que los precipita. De acuerdo a lo que propone la corriente filosófica del Determinismo, todos los pensamientos y las acciones de los seres humanos están causalmente determinados por una cadena de causa y consecuencia, en tanto, para su forma más estricta, representada por el determinismo fuerte no existen los sucesos azarosos, en cambio, para el determinismo débil existe una correlación entre presente y futuro que se encuentra sometida a la influencia de sucesos aleatorios.
Las religiones tienen como factor común el buscar la trascendencia del hombre por medio de la aspiración de acercarse y llegar a alcanzar a Dios como meta suprema de realización.           El mundo sobrenatural que fluye de la creencia en la existencia de una divinidad condiciona una serie de supuestos que constituyen la parte integrante de toda religión.  Efectivamente, la base de esta creencia no es el conocimiento sensorial o empírico, es la fe.  Quien pertenece a una religión acepta la existencia de Dios a través de la creencia, que es una aceptación sin cuestionamiento de la existencia de Dios y de su superioridad, respecto al género humano.  El creyente le otorga a la divinidad una serie de poderes de trascendencia sobrehumana que regulan el Universo y la vida humana, hasta el punto de señalarle a los hombres el camino a seguir para cumplir con la voluntad divina.  El creyente está convencido que le es posible acercarse a la divinidad mediante el cumplimiento de ciertas normas de vida (mandamientos), que la divinidad ha establecido como a través de la “revelación” que han realizado ciertos personajes que han servido de intermediarios entre Dios y los hombres (Mahoma, Moisés y Jesús, por ejemplo).

 El hombre y el Mas Allá
El termino escatología viene del griego Escato (ultimo) y Logos (ciencia, tratado o estudio), por lo que entendemos que la escatología es la ciencia que trata y estudia los últimos eventos y sucesos del hombre. La escatología es la doctrina de las últimas cosas y del futuro y destino de la humanidad. Las representaciones de ese más allá y las condiciones de acceso a él son, según las tradiciones religiosas, variadas y complejas.
En efecto, dependen en primer lugar del discurso sobre Dios, los dioses, o los espíritus o sobre cualquier otra realidad que trascienda de la naturaleza sensible, porque sin lo sobrenatural se hace difícil imaginar un “después de la muerte”. La representación del más allá depende, por tanto, de una “teología”.
Si Dios es, como en los tres monoteísmos abrahámicos, un Dios persona que ha hecho el mundo y al hombre con sus manos, ese más allá es el lugar donde el ser humano creado, puede unirse a ese Dios. Si no existe un Dios creador, como en el budismo por ejemplo, ese más allá no será posibilidad de realización por encuentro con un Dios-Absoluto, sino liberación de las ilusiones y los errores del hombre sobre sí mismo y sobre el mundo, abandono de la ignorancia y un despertar a la Verdad.
Si, como en las religiones arcaicas y tradicionales, el mundo visible está penetrado por fuerzas invisibles, el más allá será entrada a lo invisible que no apartará por entero de lo visible, del mundo de los vivos, etc.
Por otra parte, dado que la descomposición del cuerpo les enseña a los supervivientes que el hombre cambia de estatus, la antropología, entendida como ciencia de los elementos que componen al hombre, influye en la visión del más allá propuesta a los creyentes. Ahora bien, las antropologías son múltiples.
En la tradición occidental, ampliamente heredera del pensamiento griego, el hombre es cuerpo, alma y espíritu. Dentro de estos diversos compuestos humanos, ¿qué es lo que va a sobrevivir en el más allá, según las diferentes religiones? ¿Y a costa de qué cambios, de qué exigencias éticas y rituales y por cuánto tiempo? Y otras muchas preguntas a las que cada religión aporta las respuestas concordes con su mensaje.
Añadamos que las mismas condiciones de la muerte: muerte accidental, violenta, prematura, voluntaria…, condicionan la vida póstuma. Antiguamente la iglesia Católica señalaba el martirio como forma de vida para alcanzar el paraíso y también quien ponía fin deliberadamente a su vida recibía en el más allá penas eternas. En el Islam, así mismo, los castigos del infierno aguardan al suicida. Y, sin embargo, las religiones chinas y japonesas admiten y, a veces, recomiendan la muerte voluntaria.

 Lugares y Formas de Vida
Una diversidad teológica y antropológica, a la que se une el peso de las costumbres y las culturas, no puede más que generar una multiplicidad de visiones escatológicas. Trataremos de exponer algunas.
La primera se dedica a distinguir las formas de vida reservadas a los difuntos.
La muerte comporta una exaltación en positivo o en negativo, es decir, una felicidad o una desgracia muy superior a la de los vivos. Significativo al respecto es el caso de los indios creek, que se imaginan la vida póstuma como la estancia en un país donde la caza sobreabunda, donde las fuentes jamás se secan y donde los cereales se dan todo el año.
A no ser que sea una existencia terrestre invisible. Los difuntos entonces no dejan el mundo, pero, aunque están en contacto con los vivos, ya no se los ve. Por ejemplo, los desaparecidos en las tradiciones africanas viven en una aldea de los muertos, invisibles pero cerca de los vivos, entre ellos.
Una vida disociada puede aguardar la muerte en la medida en que sólo un elemento de ella misma alcanza el más allá. Es el caso del alma, que puede o buscar habitación en otro cuerpo (budismo), o incorporarse a su lugar de origen celeste (orfismo), o ser condenada también a tormentos sin fin, etc.
Por último, la muerte podría aniquilar el conjunto de la persona hasta que un acto de Dios lo recreara con el Universo (parsismo persa), etc.
Y otras muchas representaciones de la vida en el más allá que, a lo largo de los siglos, se han influido y compenetrado.
Se podría establecer también, siguiendo a algunos autores, una distinción entre las propuestas escatológicas a partir, precisamente, de los lugares adonde el difunto llega, con frecuencia después de un prolongado y difícil viaje. Se diseñaría así un auténtico mapa, complejo y evolutivo, del mundo de los muertos. Es éste un mundo separado y jerarquizado, porque, si bien en las religiones más antiguas todos los muertos van a un mismo lugar, sea, a veces, a las entrañas de la tierra, sea a una isla lejana, la distinción entre buenos y malos conduce a diferenciar infiernos y paraísos.
El paraíso, la mayoría de las veces, se coloca en los cielos; en el budismo, por ejemplo, se distribuye en múltiples cielos, mientras que el cristianismo, en los primeros tiempos, localiza el Reino en el cielo. En el Islam el paraíso, jardín regado por cuatro ríos, está en un lugar elevado y comprende siete niveles, etc. Los infiernos, muy frecuentemente, cuentan también con varias comarcas donde los castigos son más o menos dolorosos y prolongados.
Por último, puede haber lugares intermedios, como el purgatorio, región localizada de sufrimiento temporal y purificador, implantada en el siglo XI, sólo en el cristianismo. Más adelante, en el siglo XIII, Santo Tomas de Aquino se opondría a estas localizaciones geográficas y optaría por una interpretación espiritual; para él, esos diferentes lugares no son lugares fuera de la persona sino estados de conciencia.
El hombre religioso ha obedecido, por tanto, a una necesidad profunda de localizar el mundo de los muertos.

 Clasificación temporal
Después de este intento de clasificación espacial, ¿es posible proponer una clasificación temporal? La distinción fundamental estaría entonces entre las religiones que hablan de un tiempo lineal de la creación hasta el final de los tiempos (judaísmo, cristianismo e Islam) y aquellas otras que, como las religiones orientales, piensan un tiempo cíclico, un tiempo sin principio absoluto y sin final definitivo en este mundo, simplemente un retorno eterno. En el primer caso, el del tiempo lineal, la muerte personal cierra definitivamente el paso a la vida en este mundo; en el segundo, el del tiempo cíclico, la muerte personal es temporal, a la espera de una reencarnación.
Formas diferentes de vida póstuma, lugares diferentes de permanencia, unicidad o multiplicidad de esas estancias… las puertas de la muerte se abren en cada religión a un más allá específico.
Sin embargo el homo religiosus, colocando naturalmente su muerte en la continuidad y la dependencia de su vida, se pregunta sobre lo que determina, justamente, la dirección impuesta a quien franquea el umbral de las moradas de los difuntos, dirección paradisíaca o infernal.
De ahí la frecuencia de la creencia en un juicio de los muertos. El más conocido es probablemente el que se practicaba en la religión egipcia. Lo vemos en las pinturas murales. En ellas está Anubis, el dios con cabeza de chacal, pesando el corazón del difunto, mientras que Tot, el dios con cabeza de ibis, anota el resultado del peso. El difunto entonces comparece ante el tribunal de Osiris. Si no ha respetado a Maat, el orden social y cósmico, se le impone una «segunda muerte», y si lo ha respetado, el tribunal lo declara Maati, conforme a Maat, y entra en el paraíso de los muertos.
También en la religión irania, zoroástrica, existe, tres días después de la muerte, un proceso solemne del alma: los malos son arrojados al infierno, donde padecen penas variables en secciones superpuestas.
En la religión judía hay que esperar varios siglos para que se empiece a hablar de la posible separación de buenos y malos, de un juicio colectivo y un juicio particular.
En cambio, los Padres de la Iglesia, desde los primeros siglos, anuncian, en la religión cristiana, un Juicio final a la terminación del mundo precedido de un juicio particular. Por tanto, un doble juicio.
La tradición musulmana prevé también un juicio del alma después de la muerte. El alma, nada más producirse el fallecimiento, es conminada a expresar su fe, recitando la Sahada, antes de ser juzgada por Dios después de la resurrección general.
Por tanto, aunque lo ignoran algunas religiones, como la chamánica y las tradicionales africanas, el juicio de los muertos responde, en muchas otras, a una exigencia ética del homo religiosus. La organización de los tribunales del más allá, sus actores y la naturaleza de los castigos y recompensas que en ellos se aplican dependen claramente de las creencias, pero también de las sociedades en que esas religiones se desarrollan, de sus costumbres, de su concepción de la justicia, de los valores que en ellas se defienden y de su jerarquización.
Antes de concluir este breve líneas sobre el más allá en las religiones, conviene subrayar que esas representaciones espaciales y temporales de una vida ulterior diferenciada y esos juicios de los muertos tienen un significado simbólico. Y esto quiere decir que la imaginación humana se sirve de las realidades cósmicas y sociales para poner rostro a una esperanza cuya realización figurativa está más allá de la capacidad de la mente.


 EL DESTINO DEL HOMBRE SEGÚN EL HUMANISMO LAICO
Cierto es que el lenguaje juega un papel central en la evolución del hombre, pero justo es también recordar que todo lo anterior es posible porque tenemos un cerebro que lo permite, por supuesto que no pretendemos descifrar el funcionamiento de este maravilloso órgano, cosa que se ha intentado desde siempre por casi todos los pueblos, cada uno a su manera, pero por lo menos nos gustaría hilvanar algunas ideas de cómo se ve el destino del hombre humano, desde la perspectiva de la ciencia y del conocimiento.
En estos últimos años con el avance vertiginoso de la ciencia y la tecnología no es posible que ninguna ciencia relacionada con el hombre o con su desarrollo o con su entorno, pueda prescindir del estudio y conocimiento biológico del mismo, sin embargo dada esta misma premisa observamos científicamente que el hombre es una rara especie animal que puede matar a sus semejantes de una forma deliberada.  Puede también condenar y castigar duramente el crimen individual, y a la vez exaltar a los inventores de la más atroces máquinas de guerra, lo verdaderamente increíble es que esta forma de  ser, esta manera de conducirse se ha sobrepuesto a todas las religiones, a todas las filosofías, y quien sabe la razón sea que, esta conducta se ha grabado de alguna forma y en algún instante en nuestro cerebro.
Sin embargo, como contrapartida el hombre ha creado fabulosas obras de arte, fastuosa obras de Ingeniería en favor de la humanidad, ha creado la Masonería con el único fin de ayudar a ver la luz a los ciegos del espíritu, en fin ha entendido que para enriquecer su intelectualidad, para comprender y generar más actividad cultural, para comprenderse a si mismo en toda su integridad, debe abocarse con perseverancia hacia un humanismo  que le permita generar una teoría coherente que de sentido al destino de la humanidad, y explique de la mejor forma posible estas contradicciones que atentan contra su desarrollo propiamente humano.

Confía en el progreso del hombre y, por ende, de la humanidad, porque reconoce en este su facultad natural de perfeccionarse y de trascender, sin limitaciones de ninguna especie.

Procura alcanzar sus propósitos por el estudio racional y científico de la evolución histórica del ser humano, considerando las etapas socio culturales, el continuo progreso de la civilización, las diversas filosofías y múltiples  credos religiosos, el anhelo de vivir y practicar el régimen de libertad en sus más variadas transformaciones de justicia social, de tolerancia y por el desarrollo, cada vez más amplio e irrestricto, de una educación integral durante todas las fases de la vida.

A fin de cumplir con tan loables designios, creemos justo y necesario, presentar tres ejes que nos pueden servir de hilos conductores para caminar y finalmente converger a un humanismo real.

El primer eje apunta a la imperiosa necesidad de ilustrarnos en todo cuanto nos convenga y sea posible, y por cierto proporcionar a las capacidades de cada cual, pues sólo puede hablar­se de humanismo cuando el hombre descubre su capacidad reflexiva, vale decir, cuando es capaz de pensar poniendo a su propio ser como objetivo de su contemplación y consi­guiente comprensión.

No olvidemos que el libre pensador por ser un hombre libre es responsable del bien y la justicia. Ello implica que el huma­nismo en cuanto sistema de ideas puede fundarse únicamente en nuestra comprensión del hombre y de sus relaciones con el resto del mundo. Esto significa que el humanismo piensa en términos de un proceso orientador para la vida, para la convivencia armónica de los hombres entre sí y de éstos con su inseparable entorno natural.

El segundo eje apunta hacia la práctica del Laicismo, pues este es una aspiración hacia lo verdadero, hacia el reconocimiento de la belleza, hacia la aceptación del libre examen, lo que nos llevara al reconocimiento que la religiosidad es un sentir propio del humano y ante nuestro ojos las creencias, desde Confucio a Mahoma, desde Buda a Jesús y desde Calvino a Lutero,  deben ser respetadas, esto quiere decir que aunque nuestra razón se revela ante el dogma, presentamos respeto frente a este, pues ante todo somos masones adornados por la más fraternal tolerancia.

El tercer eje que nos parece de importancia capital, es la práctica de la más pura fraternidad que es el jugo vital que mantiene vivo al organismo, ella hace que todos los libre pensadores sean amigos sin conocerse, hermanos sin tener ese parentesco, trasciende a la razón y se empapa del más absoluto simbolismo, que hace que soportemos los embates del tiempo y nos mantengamos impertérritos camino hacia la humanización de nosotros y de todos los hombres.

El Pensamiento Libre es algo, pero la verdad es solo una, Cristo, no es malo entender, malo es subyugarse a este entendimiento, sin preguntar a Dios Padre por medio de Cristo, y el sera quien por medio de su Espíritu nos educará

Bendiciones

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