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La Sangre de Cristo y el Purgatorio

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La Sangre de Cristo y el Purgatorio

Mensaje por fede77 el Sáb Ene 22, 2011 8:49 pm

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deceo que debatamos este tema.

amos a contemplar el tema desde la perspectiva del Nuevo Catecismo de la iglesia Católica, que en su apartado 1030 dice: "Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo ". ¿Cómo puede el Nuevo Catecismo hacer de menos las riquezas de la gracia de Dios y su perfecta justicia, diciendo que el hombre que vive en su gracia y en su amistad está imperfectamente purificado? No podemos, según la Palabra de Dios, estar de acuerdo con esta doctrina del Nuevo Catecismo. Pues, "es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres" (Hech. 5:29); aunque esos hombres se digan maestros de la verdad o representantes de Dios.

Dónde se halla en la Biblia que:

• Uno imperfectamente purificado está en la gracia y en la amistad de Dios.

• Uno imperfectamente purificado está seguro de su eterna salvación.

• Uno imperfectamente purificado sufre después de su muerte una purificación para obtener la santidad necesaria.


• Estos enunciados del Nuevo Catecismo parten del principio de que el hombre se justifica a sí mismo por medio de sus buenas obras, y si algunos durante su vida terrenal no llegaron a una plena purificación porque sus obras fueron imperfectas, tendrán que pagar en el Purgatorio, lo que resta para alcanzar esa plena purificación y pago por sus culpas.

Es una contradicción que alguien muera en la gracia y amistad de Dios, y al mismo tiempo esté imperfectamente purificado. Ya que la Palabra de Dios nos dice: "Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús. La justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en EL..Dios es el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesucristo" (Rom. 3:21-26).

Dios es el que gratuitamente justifica al hombre que es de la fe de Jesucristo. En el sacrificio de la cruz, Dios estaba reconciliando consigo a todo hombre que crea en Su Hijo Jesucristo, no tomándole en cuenta sus pecados (2 Cor. 5:19). El sacrificio de Cristo en la cruz fue perfecto ante los ojos del Padre para pagar por todos nuestros pecados, culpas y penas, y para limpiar nuestras conciencias de obras muertas; porque Jesús se ofreció a Sí mismo sin mancha a Dios, y "con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados" (Hebr. 10:14).

Dios es el que justifica y purifica mediante la sangre de Su Hijo, "para alabanza de la gloria de su gracia con la cual nos hizo aceptos en el Amado, en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia" (Ef. 1:6-7). La Palabra de Dios afirma: Que Dios justifica y purifica perfectamente con la sangre de Su Hijo a todo aquel que es de la fe de Jesucristo. Pues, "la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado" (1 Jn. 1:7).

Es un error hacerle creer a la gente que por sus propias obras se van a justificar o ayudar a otros a esa justificación. Pues Dios en Su Palabra nos dice: "Por las obras (de la ley) ningún ser humano será justificado delante de Él" (Rom. 3:20). Los apóstoles, Pablo y Pedro, cara a cara reconocen y afirman: "Sabemos que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe en Jesucristo, nosotros también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley, por cuanto por las obras de la ley nadie será justificado" (Gal. 2:16).

• Si nosotros nos tuviésemos que justificar o purificar ante los ojos de Dios por nosotros mismos, jamás lo conseguiríamos, ni perfecta ni imperfectamente. Esto es lo que el Señor nos advierte en Su Palabra. Sin embargo Él en su infinita misericordia nos ha justificado y purificado gratuitamente en Su Hijo: "Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos justicia de Dios en Él" (2 Cor. 5:21).

Toda persona que acepte esta perfecta justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, puede estar plenamente seguro de su salvación. Pero el que se apoya en la justicia, de sus propias buenas obras, sea perfecta o imperfecta, será condenado con todos aquellos que no aceptan la perfecta justicia de Dios en Su Hijo Jesucristo.

• Esta doctrina del Purgatorio se acepta como doctrina de la Iglesia en el Concilio de Florencia (1439), en el que se hace referencia al concilio de Lyón (1274).

El Papa Eugenio IV (1431-1447) fue el inspirador de este Concilio para anular el Concilio de Basilea (1431-14737), que calificó como una tumultuosa reunión de pordioseros. Estos pretendían reformar la Iglesia comenzando por el papado. Aquí se encontraban muchos de los que le habían elegido a él como Papa, y antes habían tratado de terminar con el cisma de la Iglesia, protagonizado por tres papas al mismo tiempo. En este clima se confirma esta doctrina del Purgatorio, a 1400 años de la revelación de la plena justicia de Dios en Su Hijo Jesucristo.

Otro Papa, que dio un paso más en la doctrina del Purgatorio, fue Sixto IV (1471-1484) con la idea de aplicar las indulgencias a las almas del Purgatorio. Habían pasado 1430 años de cristianismo sin que a nadie se le hubiese ocurrido semejante idea. No fue, pues, nada extraño que, como gran mecenas del Renacimiento, construyese la famosa Capilla Sixtina. El Papa Sixto se había inventado una fórmula para pagar su mecenasgo renacentista con las indulgencias por los difuntos. Eran unos ingresos seguros y continuos, producidos por el afecto de los familiares por sus muertos, sin contrapartida alguna de parte del Papado.

Es muy difícil entender como estas mentes ilustres del Papado, concedieron más eficacia a sus benévolas indulgencias para purificar plenamente las almas de los difuntos, que a la justicia perfecta que es por la sangre de Cristo según las Escrituras

El Concilio de Trento en su afán por anular el movimiento reformado que pedía a la Iglesia volver a las Sagradas Escrituras, también confirma en la sesión 25 el 3 de diciembre de 1563 lo siguiente: "Existe un Purgatorio, y las almas que allí se encuentran pueden ser ayudadas con sufragios de los fieles, y de un modo especial por el sacrificio del altar (la misa) " (DS1820). Si admites esta doctrina del Purgatorio das más valor a tus propios actos y a tus buenas obras, que a la obra redentora de Cristo en la cruz del Gólgota.

Todo hombre o mujer que admita a Jesucristo como su único y perfecto Salvador, jamás admitirá otro lugar de purificación , ni para sí ni para sus muertos. Porque en la sangre de Cristo se verá siempre limpio de todo pecado y "teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo" (Hebr. 10:19).

Y si alguien le pregunta por la certeza de su plena santificación, le responderá: "Somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre " (Hebr. 10:10), en la cruz del Gólgota. Así nos lo confirma la Palabra: "Ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios" (1 Cor. 6:11).

Esta es la causa bendita de Dios para nuestra total santificación, y no nuestras penitencias, rezos u ofrendas, ni tampoco las penas del Purgatorio. Porque lo único que acrisola las almas ante los ojos del Dios vivo es la sangre preciosa de Su Hijo. El apóstol Pedro en su primera carta pone como único medio de rescate, de nuestra vana manera de vivir y para purificación de nuestras almas, la sangre preciosa de Cristo: "Quien llevó el Mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero... para que nosotros vivamos a la justicia..." (1 Pe. 1:18-22; 2:24). ¿Por qué los que se llaman sus sucesores, los papas, se han apartado de esta sana doctrina del apóstol de Jesucristo e implantaron una doctrina diferente?

El apóstol Pablo, para confirmar la inmutabilidad del Evangelio de Jesucristo a través de los tiempos, dice: "Si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro Evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema" (Gal. 1:8).

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